jueves, 8 de enero de 2009

El Libro diferente

El Libro diferente

El incrédulo filósofo francés Voltaire dijo en cierta ocasión: “Fueron necesarios doce pescadores ignorantes para establecer el cristianismo, Yo mostraré que un hombre solo puede destruirlo”. Sin embargo, 25 años después de su muerte su casa fue adquirida por la Sociedad Bíblica de Ginebra y se convirtió en un depósito de Biblias.

¿Por qué no se cumplió la predicción de Voltaire? ¿Qué hace que las Escrituras prevalezcan, por encima del tiempo y los ataques? ¿Qué ofrece la Biblia al hombre de hoy?

Algunos ni sospechan de la sorprendente actualidad de la Biblia. En tiempos cuando se daban como científicas teorías que hoy nos hacen sonreír, las Escrituras revelaban conocimientos realmente de avanzada. ¿Conoce usted algunos de estos descubrimientos y la trascendencia que tienen?

Si se nos dijera --como en cierta historieta de vikingos-- que la luna es un melón enorme que crece incesantemente, y que para evitar su exceso de tamaño un cuervo glotón vuela hasta ella una vez al mes y le come unos cuantos pedazos, sonreiríamos por la ocurrencia. Sin embargo, en la historia real de la humanidad hubo teorías semejantes a ésta. Épocas cuando se creyó que la Tierra era un casquete apoyado sobre cuatro elefantes, parados a su vez sobre una gigantesca tortuga que nadaba en leche.

En el siglo VI antes de Cristo, el filósofo Anaximandro aseguraba que la Tierra tenía la forma de un cilindro cuyo diámetro era tres veces mayor que su altura, y que sólo podía ser habitada en su cara superior. Mientras tanto, Leucipo enseñaba que tenía forma de tambor: y Píndaro --el príncipe de los poetas líricos griegos-- añadía que estaba sostenida por columnas. Aun Platón. 200 años más tarde, sostenía que nuestro planeta era cúbico.

Sin embargo. las Sagradas Escrituras va hablaban de la esfericidad de la Tierra, y afirmaban, por medio de Job, que ella “cuelga. . . sobre nada” (Job 26:7). En expresiva figura, el profeta Isaías --siete siglos antes de Jesucristo-- declaró que Dios “está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas” (Isaías 40:22).

En la Edad Media, cuando la gente todavía creía que el aire era la nada, el burgomaestre de Magdeburgo. Otón de Gucricke, sorprendió a sus contemporáneos uniendo dos semiesferas huecas --al extraer el aire de su interior-- y separándolas luego, con sólo introducirles aire nuevamente. Al fin, con la creación del barómetro en el año 1643, Torricelli demostró que la atmósfera tenía peso. Pero la Escritura lo había declarado 3.200 años antes en labios de Job: Dios da “peso al viento” (Job 28:25).

Como es obvio, no podemos enumerar ahora todos los descubrimientos científicos que los escritores bíblicos hicieron, o más bien recibieron de Dios, antes que los hombres de ciencia. Eso sí, recordemos que éste no es el único ni el principal tesoro que hallaremos en la Biblia. Como dijera el mismo Job: “estas cosas son sólo los bordes de sus caminos” (Job 26:14).

En efecto, una de las características más sobresalientes de las Escrituras es su constante actualidad y universalidad. Como ningún otro, es el Libro contemporáneo a todas las épocas, y útil para todas las gentes. Exento de un enfoque exclusivista, no se ocupó sólo de la historia de Israel o del avance del cristianismo. Con visión internacional predijo la sucesión de los principales imperios mundiales, desde la gran Babilonia hasta la división del Imperio Romano, las actuales potencias europeas, y el surgimiento de América. Aun el caótico estado de la sociedad moderna está consignado en sus páginas con absoluta claridad.

Pero la Biblia no sólo incursiona en el destino de las naciones de todas tas épocas: es también el Libro para todas las gentes. Es la Palabra del Dios Creador y Padre del hombre. Es, pues, su carta de amor y de orientación para todos sus hijos. Usted y yo podemos esperar y aun reclamar el cumplimiento de cualquiera de las promesas que el Todopoderoso formulara a lo largo de las Escrituras. Jesús dijo: “E! cielo y la tierra pasarán. mas mis palabras no pasarán” (S. Mateo 24:35).

Una vida “nueva”, es decir sana, limpia, buena, llena de amor y de alegría es nuestra cuando aceptamos “renacer” “no de simiente corruptible. sino de incorruptible, por la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre” (1 S. Pedro 1:23).

Pruébelo. Acérquese confiadamente a este oasis verdadero. Beba, y saboree por sí mismo, la refrescante Palabra de Dios; De hecho, ¿puede alguien saber el gusto de una fruta sin haberla probado? Hay gente que tilda de anticuadas e impracticables las enseñanzas de la Biblia, Me pregunto, ¿la habrán leído’? ¿Habrán probado “qué gusto tiene?” Por lo demás, honestamente, ¿es aplicable el lenguaje de las Escrituras? ¿Puede el hombre de hoy hallar en ellas el consejo oportuno que busca?

L. Pita Romero contaba historias de “Papeles rotos” en un ingenioso artículo. Entre ellas comentaba el caso de un detective periodístico que había examinado los desperdicios de la casa del diplomático Henry Kissinger, con la esperanza de encontrar material de interés informativo. Como Kissinger se había indignado por esto, Pita Romero preguntaba: “¿Qué podían contener esos restos para justificar las airadas protestas del hombre de Estado?”

Hablando de otros papeles y de otro hallazgo, recientemente alguien nos contaba que había encontrado en un recipiente de residuos, un ejemplar de las Sagradas Escrituras. Aunque el volumen estaba sucio y roto, en una porción más legible el hombre alcanzó a leer lo siguiente: “El libro de esta ley nunca se apartará de tu boca: antes de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito: porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8).

Su asombro no tuvo límites. Este hallazgo era más que un material de información. Era lo que transformaría radicalmente su vida. Comprendiendo esto, consiguió un volumen completo de las Sagradas Escrituras, y se abocó a su estudio con especial interés.

En el regocijo de este hombre se podía leer la misma vivencia del profeta Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15:16). Asombrado y gozoso, nos decía: “¡Fíjense dónde fui a encontrar la felicidad: en un tarro de basura!” Parece increíble, ¿verdad?; sin embargo, así fue. Y esta vez, el Autor de los papeles hallados no se enojó; ¡al contrario!, se alegró intensamente por lo sucedido. Y no podía ser de otro modo, Aquel Autor era Dios mismo, quien había prometido en su Palabra: “Pedid, y se os dará: buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (S. Mateo 7:7).

Vale la pena probar el sabor de la promesa; acercarnos con fe a la Palabra de Dios y --por así decirlo-- comer de ella, saciar en ella el hambre y la sed de nuestras almas. Sí, el hombre de que hablábamos buscó y halló la respuesta, y usted y yo. . . también podemos hallarla.

En 1929 una singular noticia ocupaba los titulares de los diarios y la boca asombrada de los intelectuales de la época: el arqueólogo inglés Leonhard Woolley, quien desde 1920 realizaba excavaciones en la región donde se suponía que estaba la antigua ciudad de Ur, había encontrado huellas del diluvio universal.

A principios del siglo XX, quien creyera como hecho real la historia del diluvio provocaba entre los eruditos risa o lástima. Pero ahora, el asombro no tenía límites. En la que fue tierra de Abrahán, debajo de sucesivas capas en la que aparecían vestigios de muros de ladrillos, ruinas de casas, restos de objetos de adorno, vasijas, joyas, tumbas llenas de piedras preciosas, oro y plata, súbitamente, Woolley y su equipo habían dado con una capa de arcilla sedimentaria de 2,50 metros de espesor, sin mezcla alguna de reliquias humanas; y debajo de ella, nuevamente ruinas de otra ciudad.

El Dr. Woolley explicó que 2,50 metros de sedimento implica una sumersión prolongada debajo de tal profundidad de agua que no podría producirse por ninguna inundación común. Además, eran tan distintos los restos de civilización hallados debajo y por encima de la capa diluviana, que --según el Dr. Woolley-- era evidente que había habido “una interrupción repentina y tremenda en la continuidad de la historia”.

En 1947, otro hallazgo marcó época en la arqueología y en la historia del cristianismo. Fue el descubrimiento de los llamados “Rollos del Mar Muerto”, y entre ellos, un manuscrito del libro de Isaías escrito en caracteres hebreos con una ortografía propia del siglo 11 antes de Cristo. El hallazgo fue de trascendental importancia porque refutó con hechos las suposiciones de los críticos, quienes atribuían esta obra --particularmente en sus últimos capítulos-- a autores de la era cristiana.

Dice el Evangelio que Jesús, habiendo ido a la sinagoga, leyó a la congregación pasajes del libro de Isaías referentes a él, y luego dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos” (S. Lucas 4:21). Veinte siglos después rollo de Isaías, descubierto en las cuevas de Qumram, habla de nuevo a los oídos de los hombres para asegurarnos que podemos confiar en la Biblia como el Libro de Dios.

Amigo, amiga de La Voz, el Libro diferente fue escrito pensando en ti. Es la carta de amor para cada ser humano. Es el mensaje que tu Padre Celestial te ha dirigido pan mostrarte su amor eterno y sus propósitos de vida y salvación para ti en Cristo Jesús. ¿La has leído recientemente?

Si lo haces experimentarás la promesa por la cual Jesús oró al Padre para que tú y yo la recibiéramos en amo “Santificalos en tu verdad, tu Palabra es verdad” (S. Juan17:17).

Dr. Frank González

Dinero, tiempo y trabajo

Dinero, tiempo y trabajo
Dr. Frank González

La expresión “a crédito” es casi mágica. Por ella, uno consigue lo que quiere cuando quiere, aunque no tenga en ese momento dinero suficiente para pagar el costo de lo que compra. Pero esta “varita mágica” también puede volverse “vara de castigo”. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿,Qué considerar al abrir o al mantener nuestras cuentas de crédito?

Afortunadamente --y desafortunadamente-- el crédito, el sistema de compra y venta a plazos, se ha convertido en artículo común y hasta indispensable en nuestra época. A tal punto. que es mejor recibido quien más tarjetas de crédito ostenta: y se mira con cierto recelo a aquel que a nadie debe nada.

Es que, en el lenguaje de hoy, el crédito habla de la solvencia moral y material de quien lo posee. La fidelidad y exactitud en sus pagos permiten suponer que se extienden a toda otra área de su conducta. Engendran confianza. Si se sospecha de quien nada debe a nadie, es porque se supone que si no tiene créditos no es porque no quiera tenerlos, sino porque no se los han concedido; y esto implica la posibilidad de que esa persona carezca no sólo de respaldo económico sino hasta de solvencia moral.

Hoy, acaso más que nunca, se hace imperativo ser honrado. pero además. . . prudente. Nuestra sociedad de consumo ha creado miles de “necesidades imaginarias”, y otras tantas reales y aparentes “facilidades” para poder suplirlas. Es relativamente fácil caer en la tentación de vivir por encima del propio presupuesto. La codicia y la imprudencia llevan a las deudas, y éstas, a medida que aumentan, sumen en la depresión, obligan a esfuerzos redoblados para poder sal- darlas y. en el peor de los casos, inducen al abandono, a la deshonestidad, y aun al mismo suicidio. De ahí lo oportuno de la respuesta de Dios: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto: al que honra, honra. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros” (Romanos 13:7,8).

La enciclopedia Salud y Educación para ¡a Familia ofrece un decálogo (que aquí hemos adaptado) para una buena economía familiar:

La inestabilidad económica favorece la inestabilidad familiar.
El dinero no da la felicidad. Evidentemente, para ser feliz hay que estar bien alimentado, es necesario vestirse dignamente y disponer de una vivienda adecuada. Y esto únicamente puede conseguirse con dinero, fruto del trabajo y el esfuerzo.
Los gastos no deben sobrepasar a los ingresos. En una sociedad súper-consumista como la nuestra. la tentación de gastar todo lo que se gana es casi irresistible, pero la disciplina del ahorro jamás ocasionará problemas y. en cambio, puede evitarnos muchos.
La estima y la autoestima se basan en lo que uno es, no en lo que tiene. Por ejemplo, usted no necesita para conseguir estima y una autoestima mayores, poseer costosos equipos como máquina fotográfica, filmadora de vídeo, equipo musical, el último modelo de automóvil, o la más reciente computadora.
Problemas laborales. Dedicamos más horas a nuestro trabajo que a ninguna otra actividad. Por eso los problemas laborales influyen directamente en nuestro estado de ánimo. Es mejor una ocupación menos remunerada, pero que nos satisfaga. antes que una muy bien remunerada, pero que provoque tensiones y nos estrese en exceso.
Involucrar a los hijos. Desde bien pequeñitos hay que ir haciendo partícipes a los niños de la situación financiera familiar. Ellos tienen el derecho y el deber de conocerla. De este modo se conseguirán dos fines básicos:
que los niños aprendan a conocer el valor del dinero
que comprendan que si no se puede satisfacer lo que ellos entienden que son sus necesidades, es porque hay otras más perentorias.
Establecer una lista de prioridades. Es un grave riesgo para la familia, y más cuando hay hijos. gastar en lo primero que se presenta sin haber establecido claramente las prioridades; lo imprescindible primero, lo necesario a continuación, lo conveniente después; y cuando cabe. . . lo que me gusta. Es la única manera de evitar las deudas que pueden llegar a ser un factor desestabilizador de la economía. . . y de la vida familiar.
Cuidado con los créditos. Las compras a plazos de muebles, vehículos, electrodomésticos y otros objetos necesarios son, a menudo, la única forma de obtenerlos. Cuando se regulan debidamente, pueden incluso ser una forma de ahorro; como es el caso de la adquisición de una vivienda. Pero antes de comprometerse a un pago aplazado, hay que analizar muy bien las posibilidades financieras presentes y las que en condiciones normales el futuro ofrece.
Hacer un presupuesto. . . y verificar su cumplimiento. Es necesario tener un presupuesto de gastos. No importa que sea por el sistema tradicional de apartar mensualmente en sobres las cantidades destinadas a cada capítulo de gastos, o con la moderna computadora. Habrá que revisarlo periódicamente, y controlar que no lo estamos sobrepasando. En todo hogar hay siempre gastos fijos imprescindibles: alimentación, vestido y vivienda. También son imprescindibles, o poco menos, los gastos de agua, gas y electricidad, transporte, salud, la educación de los hijos, y recreación. Y pecaría de falta total de realismo la pareja que no creyera necesario prever un capítulo de ahorro, y otro para imprevistos, pues de éstos nadie se libra.
Y si, a pesar de todo, las cuentas no salen... pida consejo. No todos sabemos de todo. Si usted se da cuenta que hay otras familias que con ingresos similares ‘viven mejor, y si tiene confianza con alguna de ellas, pregúntele cómo hace. Quizá sabe cómo comprar más económicamente. cómo hacer durar más las cosas, o incluso cómo ganar más. En último caso, consulte con algún experto.
Pasemos ahora al valor del tiempo. Decimos con asombro: “¡Cómo se nos ha ido el tiempo!”, y lo que en realidad nos asombra no es que el tiempo se ha ido, sino que no hicimos en él lo que deberíamos haber hecho. ¿Por qué no cumplimos? ¿Cómo pueden cambiarse hábitos arraigados de distracción, demora o abandono?

Cuando decimos —o creemos-- no tener tiempo, no siempre hacemos honor a la verdad. Todos tenemos veinticuatro horas cada día, sólo que a unos les rinden como si fueran dobles, y a otros, como si fueran la mitad. Más allá de las necesarias e innecesarias interrupciones que solemos hacer o recibir, las más frecuentes causas de nuestra pérdida de tiempo son la falta de interés en lo que hacemos, su consiguiente aburrimiento, y la falta de organización. Corrigiendo esto, no sólo aprovecharíamos mejor el tiempo, sino que lo disfrutaríamos más.

El salmista David decía: “En tus manos están mis tiempos” (Salmos 31:15). Porque él sabía quién daba la medida de sus días, sabía también quién tenía derecho a reclamarle por el uso de su tiempo. El tiempo pertenece a Dios. y esto es algo que la mayoría de nosotros olvida.

La Biblia explica que Dios nos ha concedido un tiempo determinado a fin de que le busquemos (Hechos 17:26- 28), y cuando de veras lo hacemos, nuestra vida cambia absolutamente. Los recursos, las oportunidades, el trabajo, los estudios, la familia, las amistades: todo se ve afectado por el nuevo sistema. Surge un verdadero interés por la excelencia en cada tarea y relación, y uno aprende a atesorar cuanto momento puede a fin de prepararse para desempeñar mejor sus funciones.

Semejante renovación naturalmente exige un cambio de hábitos, que con el poder de Dios no es difícil de lograr. Al despertar el interés se desvanece la pereza, y surge en uno el serio deseo de organizarse. Sabiendo que el tiempo que administra pertenece a Dios, lo invierte con cuidado. Elige las tareas en su orden de importancia y completa una por vez, volcando en ellas una voluntad fortalecida, disciplinada y feliz en el servicio.

¿Conoce usted a alguien que anda siempre cansado y con sueño? Estos pueden ser síntomas de pereza, uno de los más graves males que padecemos los humanos. De ahí que conviene que pensemos: ¿En qué consiste este mal? ¿Puede ser vencido? ¿De dónde sacar ánimo y fuerzas cuando no se tienen?
Mientras el alfarero modelaba una pieza de barro, un observador comentó: Cuán cansado debe estar ese dedo que tanto usa!” ¡No! —-replicó el artesano—-, es justamente al revés. El que más uso no está cansado; los que se cansan son los otros que no hacen nada”.

Con la gente ocurre igual. Unos trabajan, y parece que nunca se cansan; otros nada hacen, y viven cansados. La Biblia dice que el perezoso cree saber más “que siete que le den consejo” (Proverbios 26:16), pero su alma “desea y nada alcanza”, “su deseo le mata, porque sus manos no quieren trabajar” (Proverbios 13:4 y 21:25).

El perezoso vaga sin sentido, pensando que disfruta de su vida más que el trabajador. Pero la experiencia habla diferente. J. D. Batten, experto en administración, señala que “la vida sin el trabajo productivo encaminado hacia alguna meta carece de significado, es estéril y desordenada”.

El perezoso prefiere no hacer nada, antes que arriesgarse y fracasar. Cae en el sueño, como un modo de evasión, un escape al sentimiento de su propia ineptitud y al orgullo que le impide reconocerla como tal. Siendo así, más que reproche y desprecio, el perezoso necesita ayuda. Emerson decía que “nuestra mayor necesidad en la vida es hallar a alguien que nos haga hacer lo que podemos”. La Biblia asegura que ese Alguien existe: “Buscad a Jehová y su poder” (Salmos 105:4), dice el salmista; y el profeta Isaías afirma que Dios “da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29).

La pereza es un vicio; un vicio denigrante que frustra a quien lo padece y desespera a quienes viven con él; pero es también un vicio que puede ser vencido.

Amigo lector, el secreto está en la entrega, no en el combate. La entrega de nuestro corazón arrepentido y de nuestra debilidad particular a Jesucristo, para recibir de él la poderosa promesa que también recibió el apóstol Pablo:“Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona” (2 Corintios 12:9)

Sin pelo en la lengua...pero con un poquito de miel

Sin pelo en la lengua...pero con un poquito de miel

Dr. Frank González
Según estudios del psiquiatra Sandor S. Feldman. las personas que más insisten en afirmar que son veraces, por lo general son las que más libertades se toman para mentir, si así les conviene. Las estadísticas también demuestran que la veracidad no es artículo común. ¿Por qué? ¿Qué impele a la gente a mentir o a defraudar? ¿Qué ventajas ofrece la mentira y cuáles brinda la verdad? ¿Puede alguien ser constantemente veraz’? ¿Acaso la mejor parte de la prudencia no exige alguna mentirita blanca de vez en cuando? Por otra parte. hay gente que parece usar la verdad como pretexto para atropellar a los demás. ¿Se puede decir la verdad con amor?

Hace muchos años. Juan Kant --pastor y profesor de teología en la ciudad de Cracovia (Polonia)-- cruzaba un bosque. cuando fue asaltado por una banda de ladrones, armados con sables y cuchillos. Sorprendido. Kant bajó de su caballo y les dio el dinero que llevaba. “¿Nos lo ha dado todo’?”, preguntó imperativo el jefe del grupo. “Si”. contestó Kant. Y los hombres se marcharon. Sin embargo. más tarde se acordó de que en otro de sus bolsillos portaba unas monedas de oro, así que, desandando el camino, fue tras los ladrones para decirles que les había mentido, que llevaba más dinero; y les dio las monedas de oro. Pero ninguno osó tomarlas. Mirándose unos a otros, asombrados y conmovidos, le devolvieron todo lo que le habían quitado, y sólo le pidieron su bendición.

En nuestros días --y probablemente también en los de Kant-- uno encuentra pocos casos de honestidad y
veracidad semejantes. Estudios psicológicos. conducidos por investigadores de tres universidades norteamericanas, demostraron que “la falsedad y el fraude no sólo se usan con frecuencia sino que son necesarios y hasta mandatorios; y que en la conversación cotidiana, la honestidad y la veracidad, no son siempre la mejor póliza”.

Todos hemos vivido esos momentos psicológicamente incómodos cuando un amigo o amiga pide nuestra opinión sobre el nuevo calzado, pantalón, camisa, vestido, etc., que ostentan con orgullo. Cuando se trata de algo que juzgamos se sale por mucho de los linderos del buen gusto, nos vemos en aprietos. ¿Qué hacer? ¿Se exige siempre la brutal honestidad? ¿Es eso decir la verdad?

Antes de intentar una respuesta, quizá convenga definir lo que significa “mentir”. El noveno mandamiento de la ley de Dios es el mejor tutor sobre la mentira. Dice: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. Mentir, entonces, es una alteración consciente de la verdad con intención de engañar. La intencionalidad es necesaria para que exista la mentira.

En el caso del amigo que pide nuestra opinión, recordemos el consejo de los sofistas griegos que afirmaban: “La belleza está en los ojos de quien la observa” En español decimos: “Sobre gustos no hay nada escrito”. Conviene recordar, entonces, que el “gusto” de nuestro amigo es tan válido como el nuestro. Seamos cuidadosos al emitir por la boca el juicio subjetivo de nuestros ojos.

Cuando Dios dice: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”, significa que no debemos mentir, ni siquiera con “mentiras blancas”; ni dar impresión falsa, ni aun por una inclinación de cabeza. El falso testimonio abarca toda clase de chismes, incluso el daño que le podemos hacer a la reputación de alguien con sólo permanecer en silencio cuando está siendo acusado, si sabemos que es inocente y no lo decimos. Podemos ser “testigos falsos” con sólo callar, cuando el buen nombre de alguien está en juego.

Debemos señalar que hay gente sincera que levanta falsos testimonios sin tener idea de lo que hace. A veces son los padres quienes enseñan a sus hijos pequeños a mentir. Alguien ha dicho que “los niños no mienten nunca”. “La falsedad como práctica —decía Bertrand Russell-- es casi siempre producto del miedo. El niño a quien se eduque sin miedo, será veraz, no merced a un esfuerzo moral, sino porque nunca se le ocurrirá proceder de otro modo”. La enciclopedia Salud y Educación para la Familia aconseja que “para ayudar a un niño en el que intuimos que nos ha mentido debemos redoblar nuestra confianza en él, eliminar su miedo al castigo que, si se refuerza, actuará de catalizador para futuras mentiras”.

Lo antedicho nos hace entender mejor la oración que hiciera Jesús por sus torturadores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (S. Lucas 23:34). Dios tiene paciencia con nuestra confusión moral, y ha prometido que su Santo Espíritu guiará a los que no saben distinguir entre el bien y el mal, de modo que aprendan a hacerlo.

En los dos últimos capítulos de la Biblia se nos advierte que “todo el que ama y hace mentira” no podrá entrar en el reino eterno (Apocalipsis 22:15). Quien no tiene su corazón reconciliado con Dios, puede “amar” los libros y filmes que cuentan mentiras, pero tan seno es practicar la mentira como lo es el hecho de amarla. Si nuestro corazón es deshonesto, ya hemos pecado mucho antes de abrir los labios para pronunciar una falsedad. “Señor. . . ¿quién morará en tu monte santo? El que. . . habla verdad en su corazón” (Salmos 15:1,2). Y Proverbios 10:18 afirma: “El que encubre el odio es de labios mentirosos; y el que propaga calumnia es necio”. En otras palabras, podemos sonreírle a alguien, palmearle la espalda, estrecharle la mano, y sin embargo sentir odio por dentro. Es muy fácil decirle “¡Buenos días!” a alguien, mientras en nuestro corazón le deseamos todo lo contrario. Propongámonos ser honestos en nuestro trato con los demás.

Pero alguien dirá: “Pero supongamos que sabemos que alguien está haciendo mal. ¿Cómo podemos ser honestos y agradables al mismo tiempo? ¿Acaso no debemos decir la verdad siempre?” No, sin antes orar por esa persona como Jesús oró por los malvados que lo estaban crucificando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (S. Lucas 23:34). No tiene sentido reprender a otros si el amor de Cristo no mora en nuestros corazones. Pero si ese amor está presente, el Espíritu nos enseñará lo que sea a la vez una demostración de amor y de honestidad.

Hace poco, alguien compartió conmigo LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE NUESTRA LENGUA:

No esparcirás chismes (Proverbios 18:8). Antes de contar un chisme a otra persona, sometámoslo al mismo tratamiento que un ama de casa da a una fruta al preparar un dulce; primero la pela; luego la divide en partes; a continuación le saca el corazón o las partes que no va a utilizar, y finalmente endulza con generosidad las partes que va a usar.
No pronunciarás palabras ociosas (Proverbios10:19). Tu lengua revela la calidad de tus pensamientos y de tu carácter. “El médico conoce la enfermedad del paciente al examinar su lengua —declaró Justino—, y los filósofos las enfermedades de la mente”. Y Jesús nos amonesta: “Pero sea vuestro hablar: sí, sí, no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (S. Mateo 5:37).
No te alabarás a ti mismo (Proverbios 27:2). Una persona sin valor se alaba constantemente para llamar la atención a sí misma. La persona verdaderamente grande trabaja quieta y silenciosamente, encendiendo el rayo de la luz que pueda conducir la embarcación al puerto seguro.
No dirás adulaciones (Proverbios 26:28). “La adulación --ha dicho alguien-- es como la espuma del jabón; el noventa por ciento es aire”. Esta afirmación es completamente correcta. Las palabras de los que adulan, según el salmista, cuya experiencia y sufrimientos fueron notables, son más suaves “que el aceite, más ellas son espadas desnudas” (Salmos 55:2 1).
No murmurarás (Filipenses 2:14). La medicina para esta enfermedad es llenar nuestra vida de amor y generosidad; que entren éstos por nuestros poros, y nos harán más fuertes, más compasivos, más atrayentes, más constantes, más útiles, y completamente inmunes contra las murmuraciones destructivas y las preocupaciones, las cuales, a semejanza de las termitas que destruyen las casas, arruinan el alma.
No calumniarás (Salmos 64:3) La lengua que calumnia y difama es un azote que debilita las iglesias, arroja corrientes de murmuraciones que llevan a las cortes de divorcio, llenan las cárceles de gente miserable y arrojan a las almas al reino de Satanás.
No harás burla ni escarnio a persona alguna (Job 11:3). Aprendamos a simpatizar con los demás y a dar nuestra ayuda en lugar de burlamos de los otros, no importa cuán raros o peculiares nos parezcan. Recuerda que los ángeles, bajo diferentes aspectos, visitan la tierra.
No dirás mentira (Éxodo 20:16). Un ventrílocuo pronunció la primera mentira en el jardín del Edén (Génesis 3:4). Desde ese momento en adelante la mentira se esparció como una plaga por toda la tierra. Todos aborrecen la lengua mentirosa. Los científicos han inventado una máquina para detectar la mentira, pero ésta sigue y seguirá floreciendo hasta el día final.
No blasfemarás (Éxodo 20:7). La profanación es el lenguaje oficial del reino del mal. No participes de él porque te descalificará para entrar en el reino de los cielos.
No discutas con soberbia (Oseas 7:16). Cualquiera que sea la provocación, recuerda que “el silencio es oro”, y que “la blanda respuesta quita la ira; más la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).
Amigo lector, la popularidad de la mentira no la convierte en verdad. Y tampoco la justifica a los ojos de Aquel que sólo permitirá en su Presencia al que “habla verdad en su corazón” (Salmos 15:2).

La Biblia nos insta a seguir “la verdad en amor” (Efesios 4:15). Sin embargo, nadie de por sí puede seguirla así constante e imparcialmente. Se actúa por turnos sincera y falsamente; se miente, o no se dice la verdad con amor. De ahí que sólo Dios --cuya naturaleza es amor y verdad-puede concedemos tales atributos. Y esta es la promesa que nos hace: “pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré. . que guardáis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:27).

El pozo de la envidia

El pozo de la envidia

Dr. Frank González

Es poco frecuente que alguien confiese abiertamente sentir odio contra alguno. Sin embargo, el odio no es solamente el sentimiento extremo de repulsión y de fastidio que induce al deseo homicida; lo es también la simple aversión, el sentirse molesto en presencia de alguien a quien uno no puede, no sabe o no quiere tolerar. Y este odio no siempre nace porque esa persona sea mala con uno, o le haya hecho algún daño, sino, simplemente. porque representa un rival al que uno teme y a quien —mal que le pese --uno admira.
Hay quienes sugieren que Judas sentía envidia de Juan, el discípulo amado; y que también estaba resentido porque el Maestro no parecía mostrar interés en sus proyectos. Alfonso Paso sonreiría ante tales rodeos psicológicos. Para él. Judas lo vendió “porque le pusieron dinero entre las manos. . . El traidor es. principalmente. un ser que se vende al que le interesa”. Puede ser. Pero fue mal negocio. y Judas, después de la entrega, tiró el dinero y se mató. La codicia y los celos se hicieron envidia: la envidia, odio; y el odio, destrucción. Bien dice la Biblia que “al codicioso lo consume la envidia” (Job 5:2).

Martín Alonso atinó al decir que “la envidia, polilla del talento, lleva el sello diabólico en su origen”. Recordemos que fue precisamente el diablo--entonces Lucifer-- quien abrió en su corazón este pozo de la envidia, de donde brotaría un caudal de odios y de deseos homicidas. Cristo dijo refiriéndose al maligno: “Homicida ha sido desde el comienzo” (S. Juan 8:44). Ahora bien, el diablo no mató a nadie en el “comienzo”, pero quiso hacerlo. Y ese es el punto. Dios no sólo juzga los hechos, sino las intenciones del corazón. La envidia que sintió por Jesús el orgulloso arcángel Lucifer, estalló en un volcán de odios homicidas que pudimos ver expuestos --en vitrina al universo entero-- en la ignominiosa cruz del monte Calvario, lugar en que Cristo se entregó voluntariamente a la furia más diabólica que ha desatado jamás la envidia.

Abel, el hijo bueno de Adán y Eva tuvo su envidioso. Nada menos que su hermano mayor Caín. Este último, envenenado por la envidia, cometió el primer crimen y fratricidio. José Camón Aznar. en el artículo que titulaba “Caín y la Envidia”, publicado en el ABC de Madrid, decía: “Quizá una de las claves para explicar las persecuciones gratuitas, los daños sin sentido, sea ese pequeño gran crimen que es la envidia que convierte en acidez las relaciones humanas. Algo hay consustancial con Abel, el de la mirada levantada, el de los brazos oferentes y abiertos. El que extrae de la naturaleza o de su espíritu dones que ofrecer, tiene siempre un trágico destino: el de ser sacrificado. El crimen, con pasos tácitos, camina siempre detrás de sus espaldas... Hay que tener en cuenta que la belleza es también para los caínes una provocación: hay que destruirla. Y justo es decir que lo están consiguiendo”.

Cuando se trata de la envidia, no siempre ese mal sentimiento se manifiesta en el menos capacitado o en el menos favorecido. A veces existe entre individuos de igual capacidad y de iguales ventajas (no hay que dudar que ese era el caso de Caín y Abel). Pero sufren, cual Caín, ante la posibilidad de que las circunstancias impulsen a los otros y los posterguen a ellos. Y cuando eso ocurre, quieren hacer lo que hicieron los hermanos de José con él; echar al que envidian en un pozo, eliminar al que tiene lo que ellos creen no tener.

¡Qué triste espectáculo da el envidioso! No puede ocultar el fuego que le consume y que le sale a los ojos y se manifiesta en las palabras. Y cómo sufre! ¡Y cómo se angustia! En el octavo capítulo de la parte segunda de su gran obra. Cervantes pone en boca de don Quijote. las siguientes palabras: “¡Oh, envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios. Sancho, traen un no sé qué deleite consigo; el de la envidia no trae sino rencores y rabias”.

Cuando el gran griego Pericles. que sin duda alguna conocía la naturaleza humana, se propuso construir el Partenón, expuso su plan y sus intenciones a los atenienses. Pero éstos rechazaron la proposición aludiendo que los gastos de la empresa alcanzarían a una suma fabulosa. Fue entonces cuando Pericles, que los conocía muy bien, les dijo: “Comprendo que os opongáis al proyecto a causa de su costo, pero en este caso, permitidme que construya el Partenón como cosa exclusivamente mía. Esto quiere decir, que en el frente del templo en lugar del nombre de Atenas, figurará el nombre de Pericles.

Pero los atenienses no podían tolerar eso, y la envidia pudo más que la avaricia. No podían permitir que creciera la gloria del nombre de Pericles y para impedirlo decidieron que el Partenón se construyera pagado por la ciudad de Atenas. Eso, por cierto, no impidió la gloria del gran Pericles; por el contrario, acrecentó la leyenda de su legendaria sabiduría.

Nos parece que la envidia no sólo es complejo de inferioridad. Es algo peor; es definidamente inferioridad; es pobreza de espíritu; es incapacidad mental y moral para comprender que cada uno debe ser lo que es, sin desear, enfermizamente, lo que corresponde a otros, y sin sufrir cuando los demás progresan y crecen. Por otra parte, ¿no hay acaso una definida condenación de ese mal en el “No codiciarás” del décimo mandamiento de la ley divina?

Sobrepongámonos con la ayuda de Dios a este sentimiento que empequeñece y deforma. Decía La Rochefoucald: “Los espíritus mediocres condenan de ordinario a todos aquellos que pasan de su pequeña estatura”. Y decía bien. No es mediante la envidia y la condenación de los demás como podemos aumentar nuestra estatura. Por el contrario, cuando nos dejamos arrebatar por ese mal sentimiento, la disminuimos \‘ nos empequeñecemos hasta quedar a ras del lodo.

El secreto está en saber conformarse con lo que se es mientras se esfuerza uno noblemente por mejorar sin tratar de disminuir a los demás. Si no obramos así y nos dejamos hundir en el pozo cenagoso de la envidia, se cumplirán en nosotros las palabras del apóstol Santiago. “Porque donde hay envidia y contención. allí hay perturbación y toda obra perversa” (Santiago 3:16).

Y una de esas obras perversas es el hablar mal de los que envidiamos. Unas veces con disimulo y otras abierta- ente, el envidioso ataca a quienes son o pueden más que él. Es un ridículo desahogo de su inferioridad que no tiene más resultado que el de hacerlo todavía más pequeño.

El sabio Salomón, que estudió la vida y conoció al hombre, afirmó con palabras que no dejan lugar a dudas:
“El corazón apacible es vida de las carnes mas la envidia, pudrimiento de huesos” (Proverbios 14:3 0).

“Envidiar sólo por envidiar es lo más pequeño e indigno. Una ley de compensación exige que la envidia vaya acompañada del padecimiento”, decía José Mar. Y no podría ser de otra forma. Tiene que ser necesariamente así. ¿Por qué sufrir debido a un sentimiento tan poco noble como la envidia? Agrega el escritor citado: “Es probable que las mujeres envidien más que los hombres. Suele mortificarles el lujo de los trajes de las amigas, el brillo de sus ojos, la seda de sus cabellos, la finura de sus manos, el modo de caminar, la juventud que resplandece, el oro de las joyas de otras damas, la felicidad de su hogar, la apostura y el renombre del esposo, y la promesa venturosa de los hijos. Así han de sufrir aunque lo callen y lo más corriente es que no lo callen”. Por nuestra parte, no nos parece que las damas tengan ningún monopolio en el infame arte de cavar pozos de envidia. Sólo que los hombres frecuentemente la acompañan de odios y violencias.

La verdad es que nadie, hombre o mujer, puede ser feliz ni aspirar a vivir mucho mientras consienta que la envidia lo consuma. Si padecemos de este mal, debemos vencerlo. Y podemos hacerlo, permitiendo que haya en nosotros el “sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a si mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:5-8). Sometemos humildemente a Dios es la solución, pues la Escritura dice que “Dios es amor” (1 S. Juan 4:8). Permitir que él se exprese en nuestras vidas, es permitir que el amor se exprese, y “el amor no tiene envidia” (1 Corintios 13:4).

El amor, sólo el amor puede dominar ese mal sentimiento. El amor a Dios y el amor al prójimo. Cuando aprendamos por experiencia propia esta gran verdad, nos gozaremos con el propio progreso y con el ajeno. Pongamos toda nuestra confianza en el Todopoderoso y aprendamos a caminar con él sin que ningún mal nos desvíe de la rectitud del carácter y de la voluntad de Dios.

Dios y la guerra

Dios y la guerra

Lecciones en torno a los acontecimientos relacionados con los antentados del 11 de Septiembre
Pr. Edwin Lopez

Después de los devastadores sucesos desencadenados por los atentados del 11 de Septiembre, muchos interrogantes han golpeado la mente de todos nosotros.
¿Por qué Dios permite tales cosas? ¿Son estos acontecimientos algún juicio divino contra una ciudad y una nación embriagada de autoindulgencia e inmoralidad? ¿Y qué acerca de la guerra? ¿ Aprueba Dios la guerra que los Estados Unidos le declararon al terrorismo en general y a Afganistán en particular?

No pretendemos responder en forma definitiva estos interrogantes, pero sí buscamos proveer algunas reflexiones extraidas de la Palabra de Dios que nos ayudarán a formarnos una mejor comprensión de las circunstancias y eventos que se están desarrollando delante de nosotros.

LA GUERRA Y EL ODIO PROVIENEN DE SATANAS. La Palabra de Dios es clara al respecto. Dios no es el autor o el inventor de la guerra. El primero en llenar su corazón de celos, rencor y odio fue un ángel sublime y fuerte quien habitaba junto al trono de Dios (Ver Ez.28: 13-18). Ese ángel, a quien la Biblia llama Lucifer, vino a ser Satanás, el Archienemigo de Dios y por ende de toda justicia. En vista de que no podía vivir bajo los principios divinos, decidió declararle la guerra a Dios. Así, la primera gran guerra que jamás hubo en el Universo tuvo lugar en el cielo (Apoc. 12: 7-9).

EL ADVENIMIENTO DEL PECADO Y LA REBELION POR PARTE DE SATANAS CAMBIARON EL ORDEN DE FUNCIONAMIENTO DEL UNIVERSO Y EN FORMA ESPECIFICA EL DE LA TIERRA. Este planeta no fue concebido por la mente divina para ser lo que hoy es: un sitio de dolor y muerte. Originalmente, nuestro mundo fue un sitio de perfecta armonía física, moral y espiritual. No había pecado, hasta que Satanás, quien había sido expulsado del cielo se posicionó de este planeta haciendo pecar a Adán y Eva (Véase Genesis cap. 3) Así fue modificado en forma pemanente el orden de nuestro mundo. La muerte y el dolor serían parte de la existencia cotidiana. Los celos, el orgullo, la envidia, la venganza, el odio, y tantos otros rasgos destructivos vinieron a ser características propias de la raza humana. Ahora Dios tendría que desarrollar su trato con los seres humanos dentro de esos nuevos términos. Dios no eliminaría la ley CAUSA-EFECTO; sino que conduciría los asuntos de este planeta respetando el nuevo orden hasta que El mismo pudiera restaurar el planeta a su estado original.

LAS DESGRACIAS Y LAS TRAGEDIAS NO SON CAUSADAS POR DIOS, PERO EL LAS PERMITE DENTRO DE SU NUEVA FORMA DE RELACIONARSE CON LOS SERES HUMANOS. Hasta que el pecado sea extirpado del mundo, el amor de Dios y su poder en este mundo coexistirán con el mal y el poder satánicos. No hay otra opción. Dentro del nuevo orden establecido por la aparición del mal en el mundo, la relación entre Dios y sus criaturas no estaría basada en un acuerdo de protección incondicional sino en una relación de fe y amor completamente independiente de las tragedias y el dolor que de todos modos serían inevitables. Dentro del nuevo orden, Dios no se compromete a evitar el dolor de sus hijos, ni de nadie. Tiene que ser así por causa del egoísmo inherente al ser humano. Los hombres no han de buscar a Dios a cambio de protección y seguridad material. Eso sería negar los principios sobre los cuales su gobierno se basa, a saber: el amor y la obediencia a su santa voluntad. El orden establecido por Satanás en este mundo se basa en el egoísmo. El plan de Dios es volver a implantar su sistema, su gobierno. Pero para ello, deberá primero eliminar el gobierno de Satanás. Como Dios no es arbitrario, El le ha dado tiempo a Satanás de demostrar los principios de su gobierno. Aunque a nosotros nos pudiera parecer que Dios le ha dado demasiado tiempo (a Satanás), la verdad es que no. Recordemos que para Dios mil años son como un día (2 Ped. 3:8).

LA SEGURIDAD Y PROTECCION DIVINAS SE RELACIONAN CON LA ETERNIDAD Y NO CON ESTA VIDA. Los que aceptan entrar en esa relación de fe y de amor con Dios, quedan apartados para la eternidad. La Biblia dice que volverán a vivir (Is. 26:19), aunque en esta vida tengan que morir. La mayor recompensa de vivir en estrecha relación con el Señor ahora, es la alegría de ver arrancados de nuestra alma aquellos principios satánicos que tanto dolor producen: el egoísmo, el odio, la venganza, los celos, la envidia, etc. Ya no son parte de nuestra naturaleza, sino que una nueva naturaleza es implantada dentro de nosotros. Eso cambia por completo nuestro punto de mira de la vida. Ya no vemos las cosas desde un ángulo empañado por nuestros estrechos intereses, sino que las vemos con una actitud de amor, de contentamiento, de gozo y de servicio al prójimo. Tal transformación interior le otorga un significado distinto y positivo a nuestra existencia, pero sobre todo: nos prepara para disfrutar la Vida Eterna.

LAS TRAGEDIAS SON LA OPORTUNIDAD DE DIOS PARA FORTALECER Y CONSOLAR A LOS QUE TIENEN FE EN EL. En ese sentido, podemos llamar a las tragedias “juicios divinos”, cuyo propósito es acercar al hombre a El. Dios está presente doquiera haya dolor y muerte. Según San Juan 11, Jesús estuvo junto a las hermanas de Lázaro para consolarlas y llevarlas a confiar en su amor y poder. Con tierno amor, hoy El nos dice: “Yo soy el que estuvo muerto y vivió... No temas en nada lo que vas a padecer... seréis probados... tendréis tribulación. Sé fiel hasta la muerte y yo te dará la corona de la vida.” (Apoc. 2:8-10). Se calcula que más de cinco millones de personas murieron en los campos de concentración de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. En uno de esos campos de concentración, Awshwitz, Polonia, dormían hasta 6 hombres escuálidos y hambrientos en una barraca. Luego, los llevaban a las cámaras de gas donde morían por miles de una sola vez. En la celda 1456, sin embargo, un prisionero escribió en una tablita sobre la pared: “Dios estuvo aquí”. Aquel prisionero, en su hora de supremo sufrimiento en aquel horrible lugar, pudo percibir la presencia divina con él. Esa horrible mañana del 11 de Septiembre, Dios descendio hasta las torres gemelas en la forma de esos cientos de bomberos que dieron sus vidas para salvar a otros; en la forma de cientos de policías que se olvidaron de sí mismos para ayudar a otros; en la forma de los desconocidos que daban su mano al que necesitaba ayuda. Y Dios se presentó en tu vida y la mía para hacernos recapacitar y reconsiderar nuestro propios caminos.

DIOS CONVIERTE LAS TRAGEDIAS EN UNA HERRAMIENTA PARA MANTENERNOS ENFOCADOS, EN PERSPECTIVA. PARA ENSEÑARNOS CUALES SON LAS VERDADERAS PRIORIDADES DE LA VIDA. Veamos lo que dice Luc. 12:15: “La vida no consiste en la abundancia de los bienes que posees”. Las tragedias nos enseñan que la vida no es un derecho, sino un don. Mientras se nos dé tal don, hemos de utilizarlo para producir vida en otros. La vida egendra vida. Mientras tengamos vida, hemos de utilizarla para buscar a Aquel que nos la da y para enseñar a otros el camino de salvación. La mayor tragedia en la historia de la humanidad fue a la vez el momento más glorioso: el Hijo de Dios muriendo en una cruz. Esa tragedia trajo más luz y vida que ninguna otra.Quizás la mayor tragedia de los Estados Unidos no sea la del 11 de Septiembre, sino la que día a día se escribe en la vida de millones de almas que van buscando sus propios placeres, hundidos en el más puro materialismo, corriendo detrás de la autoindulgencia y olvidando los valores más significativos de la existencia.

LAS TRAGEDIAS SON UNA SEÑAL DE QUE CRISTO PRONTO VOLVERÁ PARA IMPLANTAR SU GOBIERNO. El así lo dijo (Léase Luc.21:25-27). A medida que se acerque la Venida de Jesucristo, las tragedias aumentarán y el costo en pérdidas humanas y económicas será inimaginable. Pero para los que han entrado en esa relación de pacto con El, esto será un anuncio de que pronto le veremos.

La Venida de Jesús es un hecho real aunque lo ignoremos. El dijo: “Volveré” (Juan 14:1-3). El nunca mintió, por lo tanto no debemos dudar. El está viniendo, y parte de la preparación de este planeta para su advenimiento incluye la intensificación de la angustia entre las gentes. Recordemos que el archienemigo de Jesús sabe que tiene poco tiempo: “¨¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apoc. 12:12).

Las conflagraciones que hoy nos dejan perplejos tienen un hondo significado para los que hemos creido en Jesús. Son llamados a prepararnos para recibirlo en Gloria. ¿Aceptarás el llamado a entrar en un pacto con El, sabiendo que muy pronto vendrá para recoger a su pueblo?

ZAQUEO

ZAQUEO

Leer: Lu. 19.1-10

¡Qué cosa asombrosa es el paso del tiempo!... Fluye y fluye hacia adelante sin cesar. Cada minuto, cada segundo, pasan una sola vez, y así también pasan las oportunidades. No pueden volverse atrás. Qué oportunidad aquella... Jesús pasaba por Jericó. Solo unos minutos, quizá una hora. Y Zaqueo lo sabía.

Nos dice el relato de la Biblia (v3) que él procuraba ver a Jesús. ¿Por qué un hombre como él, que era rico y tenía un alto cargo y un trabajo que le ocupaba mucho, quería ver a Jesús? ¿Curiosidad? Quizá un poco. Pero creo que lo que más le impulsaba, era ese vacío que sentía en su interior. Esa tristeza crónica que ni el dinero ni el trabajo ni el alto cargo podían quitar. Esa opresión del corazón que Zaqueo sentía en aquellos días en Jericó, pero que también el hombre siente hoy. Esa soledad profunda aunque estuviese rodeado de personas. Ese grito del alma que no se conforma con una vida tan hueca.

Sin embargo, había dos "impedimentos" que estorbaban a Zaqueo en su propósito de ver a Jesús. Uno, era inherente a él mismo: su estatura; el otro era exterior: una multitud que se interponía. Así también hoy los hombres y las mujeres, son estorbados en la visión correcta de Dios y de su Hijo Jesucristo. El impedimento interno, es su estatura espiritual, su naturaleza humana corrupta, mezquina, egoísta e incrédula. Esta naturaleza los ha hecho mentir, robar, fingir, adorar a dioses falsos, engañar a los demás y engañarse a si mismos. Todo esto, llamado pecado, crea una barrera, una verdadera división entre el hombre y Dios. El obstáculo externo, consiste en una "multitud" de problemas, accidentes, situaciones, circunstancias, calamidades y también ideologías falsas, a veces elaboradas con un aspecto "científico", corrientes de pensamiento con mucha reputación humana, pero erradas y necias, negando la existencia de lo evidente o pintando con la ayuda del "enemigo de las almas".

Pero Zaqueo no se detuvo a causa de estos impedimentos; buscó algo que le ayudara a salvar los obstáculos de su baja estatura y de la multitud que estorbaba. Y encontró un árbol sicómoro y allí ubicado entre sus ramas, tuvo un punto de vista diferente para ver a Jesús. Nuestro árbol, es la Biblia; las maravillosas verdades del evangelio nos dan una visión correcta de Dios. Derrumban la imagen mezquina que la religión tiene de Jesucristo. Sabes, Cristo te ve; Cristo nos ve a todos. El ve tu necesidad; el ve los detalles de tu situación; conoce tus circunstancias y sabe que quizá tu problema no tiene solución desde el punto de vista humano. El te ve y sabe de tu desaliento, de tu desesperanza. El ve a los pájaros y dice la Biblia que "ninguno de ellos cae a tierra sin vuestro padre" y "más valéis vosotros que muchos pajarillos". Pero Cristo te llama. Le dijo date prisa: cuando el Señor llama no conviene demorar. Cristo llama para salvación. Es un llamado urgente. También le dijo: es necesario que pose yo en tu casa... : Es necesario que Cristo pose en nuestro corazón. ¿Vive Cristo en ti? O tan solo es un forastero al que solo de vez en cuando le prestas alguna atención?

Dice el pasaje en el que estamos meditando, que Jesús le dijo a Zaqueo: Desciende. Desciende nos dice hoy Jesús a ti y a mí. Desciende del pedestal de tu orgullo, del estrado de tu propia justicia. Desciende de la suficiencia de tus propios ideales y de tu propia manera de pensar. Humíllate ante Aquel que es tu creador, reconoce a Aquel que es la verdad y te muestra tu equivocación. Dile Señor me equivoqué, Señor he vivido dándote las espaldas, te he ignorado he desdeñado tus consejos y tu justicia llevada a cabo en la Cruz para tener la mía propia. ¡Señor he pecado!

Dice que cuando Zaqueo descendió y abrió su casa, ¡le recibió gozoso! .Aquel triste Zaqueo aquel jefe de los publicanos solitario y pequeño, ahora tenía gozo. Al igual que tú si le abres tu corazón a Aquel que morará para siempre contigo.

Dice en el versículo 7 del pasaje leído que la multitud murmuraba. Siempre que alguien se decide a seguir a Jesús habrá quien murmure; habrá quien se oponga. Puede ser un pecado que no queremos abandonar, una religión o una tradición que no queremos dejar. Alguna amistad que nos criticará. A Zaqueo no le importó lo que dijeran. Y el fue salvo. Lo serás tú? Dios quiera que si. El te llama... ¡ Date prisa! Desciende y recibe a tu Salvador. Dile: Señor, quiero que entres a mi vida, a mi corazón, y me des esa vida que perdura esa vida nueva. Te acepto como mi Salvador y mi Señor. Límpiame Señor de todos mis pecados. Amén

CONOCER A JESÚS ES TODO

CONOCER A JESÚS ES TODO

Por: Alejandro Bullón Paucar.

La pregunta del joven rico: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?", es la pregunta que palpita en el corazón de toda la humanidad. El hombre es creado para vivir. Pero él quiere tener más que la vida. Un hombre puede tener la vida más miserable del mundo, mas cuando llega la hora de la muerte un hombre se agarra con desesperación a la vida.

La muerte es un intruso de la experiencia humana, es por esto que no lo acepta. El mayor deseo del hombre es vivir. Para tener la vida el hombre es capaz de hacer cualquier cosa, pagar cualquier precio, realizar cualquier sacrificio. ¿Qué haré para heredar la vida eterna?, es el grito desesperado de cada corazón humano.

"Y está es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quién has enviado" (San Juan 17:3).

¿Usted ve? Lo sagrado de la vida eterna no consiste apenas en el conocimiento de un poco de doctrinas de una determinada iglesia. Lo sagrado del conocimiento es una persona: Una persona maravillosa que es Jesucristo. El verdadero cristianismo es la relación de dos personas: el ser humano y Cristo. Lo que más importa es nuestra experiencia espiritual no es en que creemos, más bien en quien creemos.

Un gato, una mesa, o una piedra, una estrella, no pueden pecar no o pueden ser justos. Por esto el pecado, más que la violación de la ley, es la interrupción de la relación de amor entre Cristo y el ser humano.

Esta es la verdadera tragedia del pecado, Cuando peco, estoy hiriendo a Jesús, hiriendonos a nosotros mismos y haciendo una separación entre Cristo y yo.

La maldad del pecado del Edén, no consistió propiamente en él hecho de que Adán comiera del fruto prohibido, sino el hecho de que Adán se escondiera de Dios. Lo peor del pecado es esto: el ser humano en vez de correr a los brazos de nuestro Padre amante, después de pecar, se esconde en medio de su sufrimiento de culpa.

Nuestra Padre no está triste porque alguien come de una fruta, él esta sufriendo a causa de la separación.

Esto nos lleva a la conclusión de que la salvación, no es más que la reconciliación de una nueva relación personal con el Señor de la salvación. Somos salvos, cuando creemos en Jesús, cuando amamos a Jesús, no apenas su nombre, ni sus doctrinas, ni su iglesia.

No podemos amar a una persona sin conocerla por eso el enemigo hará todo lo posible para distanciarnos más y más de Dios, con una idea errada del Padre. El enemigo no quiere que conozcamos a Jesús, él nos da varias hipótesis, quiere que lo conozcamos con la imagen de un Dios tirano, dictador, preocupado más con sus normas que con sus hijos.

Con esa imagen de Dios que no inspira amor, inspira miedo, no inspira el deseo de servirlo, nos hace servirlo por obligación, el enemigo procura llevarnos a una religión triste, un cristianismo formal. El miedo del castigo que nos lleva a obedecer. El enemigo es feliz con esto. Consigue lo que el quiere. No conseguiremos llegar a la vida eterna, con estos motivos equivocados.

Conocer a Jesús es todo, ¿sabe porque?. Porque conocerlo como en realidad él es, es conocer al que murió por nosotros en la cruz del calvario, es saber cuanto él nos amo y nos ama a pesar de nuestras actitudes y nuestras rebeldías, no tenemos otro camino al ver esto si no apasionarnos por él, amarlo con todas las fuerzas de nuestro ser. Es porque si nosotros le amamos, desearemos ser como él es, y vivir como él quiere. Vamos a querer ver siempre una sonrisa de felicidad en su rostro frecuentemente, dejaremos de hacer todo aquello que lo deja triste y haremos todo aquello que lo hace feliz.

Conocer a Jesús es todo porque la salvación no proviene del esfuerzo humano, esta es un presente de Dios y esta presente en la persona de Jesucristo. La salvación no viene de Jesús. La salvación es Jesús. Aceptar la salvación es aceptar a Jesucristo. Conocer a Jesús es tener la salvación, es por tanto, tener la vida eterna.

Cuando San Juan habla de "Conocer a Jesús" no esta hablando apenas del conocimiento teórico. Juan vivía en una época donde predominaba un pensamiento helenístico. Los griegos enseñaban un conocimiento teórico. Para un griego decir que quería conocer una flor, él iba a la biblioteca, estudiaba todo lo que las enciclopedias y libros hablasen de las flores y él decía "conozco la flor". Juan no. Para el decir que conocía la flor, él dejaba los libros e iba al campo, tocaba la flor, sentía la flor, olía su aroma de la flor, la acariciaba y entonces él decía. "Conozco la flor".

La mayoría de los discípulos se limitaban a oír las palabras de Jesús. Juan iba más allá: Recostaba su cabeza en el corazón de Jesús. La diferencia revela una crisis. Cuando los judíos prendieron a Jesús y lo llevaron al Calvario, todo mundo lo abandonó. El único que estaba ahí fue aquel que no se contentaba con oír a Jesús, o apenas saber de él, sino que él procuraba un conocimiento experimental.

"Y está es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quién has enviado" (San Juan 17:3).

Simple como una flor, como un niño, como una sonrisa, como todas las cosas de Dios. Nosotros, los seres humanos a veces nos complicamos las cosas, como tornamos difíciles las bellezas naturales.

Personalmente, me complicaba para entender algo tan simple. Una experiencia mía cristiana cuando era joven fue una experiencia asfixiante, más Dios me ayudó a descubrir a Jesús como una persona y no simplemente como una teoría.

Corría el año de 1972. Era un misionero entre los indios de la tribu Campa, que moran a las orillas de los márgenes del río Pereneé, en la parte Amazónica del país. Aquella mañana, salí de la casa con el objetivo de visitar una aldea localizada a unas horas del camino a través del bosque. No supe precisar en que momento perdí el camino. Me esforcé para encontrarla más toda tentativa me desorientaba más. Los minutos y horas iban pasando y las nubes en los cielos obscuras anunciaban una tormenta.

Una lluvia terrible junto con una noche, implacable. Me senté en el piso, debajo de un árbol, e iba a pasar el tiempo, rogando a Dios que me ayúdese a salir de aquella situación difícil. No sé cuanto tiempo estuve haciendo esto, más cuando note que la lluvia iba disminuyendo, re inicie la caminata con miedo y un barro escurridizo en el piso. Estaba completamente mojado, cansado, hambriento a esta altura, desesperado "No puedo parar, voy a tener que continuar" Repetía. "Tengo que continuar. De aquí a un poco, la aldea está allá, no puedo quedar aquí parado".

Mas algo me decía que todo era inútil, que lo mejor sería esperar la luz del nuevo día. ¿Quedarme allí? ¿Mojado como estaba? ¿Lloviendo? ¿Y si alguna fiera apareciera? Era la primera vez que me aconteció una cosa como está. No conocía la selva. Me había cambiado de la capital hacía pocos mese. Sentí que el miedo estaba apoderándose de mí y corrí. Corrí como un loco, como si alguien estuviese persiguiéndome. La lluvia mojaba mi rostro, dificultándome la visión.

Fue así que resbalé y caí abajo, como cinco o seis metros tal vez, a un barranco. Estaba completamente cubierto de lama. No existía más camino. Así como estaba, escudriñe mi vida, en aquel momento parecía infernal, una lluvia que podía entrar en contacto con las hojas y caer.

En aquel momento lo aceptaba, estaba perdido, completamente perdido. Tenía que salir del barranco el cual me acechaba. Me agarraba de una planta, más esta se desprendía y volvía a caer en la lama. Me agarre de una pequeña rama. Está se rompió y nuevamente caí en la lama, pero ahora en una planta de espinos. Todo eso parecía inútil, la tierra mojada hacía que siempre acabará otra vez abajo, al piso a la lama.

Quede ahí meditando algún tiempo en silencio y descubrí la tragedia de mi vida. Ojeando mi vida atrás descubrí que toda mi vida había sido como aquella noche. Toda una vida intentando salir del barranco, la vida toda intentando vivir a la altura de los principios elevados de la iglesia, como todas sus doctrinas que me habían enseñado y se habían quedado en mi cabeza. Cumpliendo, de cierto modo, todas las normas, pero estaba perdido. Lo peor de todo: hacía dos años que era un pastor.

Como una película, toda mi vida comenzó a desfilar en mis ojos. En la pequeña iglesia local donde me congregaba cuando era niño, había un lugar especial encima del púlpito para los Diez Mandamientos un cuadro dorado. Era deber de todos de saber de memoria todos los mandamientos y guardarlos fielmente.

Desde pequeño aprendí las normas de la iglesia. No pude hacer esto, no pude hacer aquello, hacer esto estaba equivocado, hacer aquello estaba equivocado.

- O Dios,- me preguntaba muchas veces, ¿Cómo es posible vivir así?.

En mi corazón de adolescente sentí un extraño conflicto. Sabía que debía en que no debía hacer esto, más no podía conseguirla vivir a la altura de esas normas y esto me tornaba infeliz. Sabe Dios cuantas veces me acostaba en mi cama, llorando, y sintiéndome desesperado.

Me atormentaba la idea de un Dios siempre observando, siempre pronto a castigarme, esperando siempre el cumplimiento de todas sus normas.

Me forme en la facultad de Teología a los 21 años. Más en lugar de ser feliz, me sentía más angustiado y me preguntaba: "¡Dios!, ¿qué pasa conmigo?. ¿ Porque está sensación de que siempre estaba equivocado, de que nada era cierto?".

La respuesta no llegaba, el conflicto aumentaba. "Ahora eres un pastor", me repetía, "tienes que ser un ejemplo para la iglesia. Si alguien tiene que cumplir las normas al pie de la letra eres tú".

Como fueron tristes los primeros años de mi ministerio. No es que fuese un gran predicador. Mis pecados podrían ser llamados de "soportables". Eran "pequeños errores". Mas yo sabía que para Dios no había clasificación de pecados, y eso me angustiaba. Lo peor de todo era que conocía toda la doctrina de Cristo. Sabía de memoria todas las doctrinas de la iglesia. Sabia los mandamientos de memoria, centenas de versículos. Predicaba de Jesús y volteaba la cara triste Siempre con aquella sensación de que alguna cosa estaba equivocada. Me levantaba de la cama cada día con las normas y los principios en mi cabeza. Andaba siempre pensando en lo que no debía hacer. La angustia no desaparecía. Dios fue muy bueno conmigo, porque, a pesar de todo, lleve muchas almas para Cristo en los primeros años de mi ministerio.

Aquella noche, en el interior de la barranca, mojado y lleno de lama, entendí por primera vez, lo que acontecía conmigo. Es que estaba perdido en medio de la amazona de las doctrinas, normas, ideas y teologías. Perdido dentro de la iglesia.

Volteé para un lado y para el otro. ¿Dónde estaba el Jesús que predicaba? Estaba allá, distante, atrás de las nubes. En mí cabeza había teorías, normas y doctrinas, no una persona, yo amaba a la iglesia y no el maravilloso Señor de esa iglesia, tenía conmigo de normas y reglamentos, más no tenía a Jesús en aquella hora no precisaba de normas, no precisaba de doctrinas, no de una iglesia, precisaba de una persona.

Llore aquella noche de la tragedia de haber vivido siempre así, intentando a salir del pozo y hacer algo correcto, más siempre acababa en la misma desgracia, en la lama en la desgracia.

La lluvia estaba pasando "Un milagro" - me dije en mi corazón - "precisó de un milagro. Si un milagro podrá sacarme de aquí". Y comencé a gritar con todas las fuerzas de mi ser. En la selva, cuando alguien se pierde tiene que gritar. Si alguien oye el grito, gritará a su vez así ambos se aproximan para poderse ayudar.

De repente, me pareció oír un grito a la distancia. Grite. Mi voz se perdía en la densidad del bosque y el viento me impedía una respuesta. Alguien estaba gritando a lo lejos. Alguien estaba allá. Continúe gritando y el grito se fue aproximando. Cada vez más y más. Pude percibir los pasos y la silueta de alguien que estaba arriba. Y comenzó a bajar donde estaba, mire su rostro. Era un indio. Me extendió su mano, me sentí seguro cuando él puso la mano en la mía, era una mano fuerte, llena de calor. Me la puso con firmeza hasta llegar a la cima.

- ¿Quién es usted? - pregunté.

No respondió.

- ¿Cómo se llama?

Silencio

- ¿De donde vino?

La misma respuesta.

Seguro en su brazo comenzó a caminar. Sus pasos eran firmes. En ningún momento respondió ninguna de mis preguntas.

Anduvimos en silencio algún tiempo hasta llegar a cierto punto. Había luz. Era el lugar que estaba buscando. Estaba a salvo.

En la mañana siguiente decidí irme a lavar. Escuche la música de agua al caer y el canto de los pájaros. Por primera vez sentí que no estaba solo. Entonces oré: "Señor Jesús, ahora se que no eres una doctrina, tú eres una persona maravillosa. Como fui capaz de andar solo toda la vida? ¡Oh! Señor ahora entiendo porque no era feliz. Estabas faltando tú. Quiero amarte señor. Quiero estar seguro en tu brazo poderoso. Sin ti yo estoy perdido. Quiero de aquí para adelante estar preocupado en que tú seas mi amigo, quiero sentirte a mi lado. Saber que no estás solamente en los cielos, más estás aquí conmigo, Ahora entiendo lo que estaba faltando eras tú, Jesús querido".

Desde aquél día comenzé a encarar la vida cristiana no como una pesada carga de normas, prohibiciones y reglamentos, más como una maravillosa experiencia de caminar lado a lado con Jesús. Las doctrinas comenzaron a tener sentido para mí. Todo lo que antes eran opacas y sin valor comenzó a adquirir un maravilloso brillo de felicidad. Aquél indio me enseño una lección que precisaba aprender. Tal vez, la mayor lección de mi vida. Solo estaba perdido, siempre angustiando, siempre infeliz. Precisaba de ayuda de un amigo que conociese el camino mejor para mí. Y ese amigo es Jesús.

¿Podría abrir el corazón a Jesús en este momento?. Usted no está más solo. Tal vez a lo largo de dos años de esa sensación de cargar un vacío interior me acompañaron, usted mismo lo está sintiendo en la iglesia donde está. ¿Por qué? Simplemente porque Jesús nunca pasa de ser un nombre o una doctrina bonita. Más en este momento él puede ser una persona real en su vida. Él lo invita a vivir una experiencia de amor. ¿Está usted dispuesto aceptarlo? Tome su decisión en este instante.

Convénzase: Conocer a Jesús es todo.