jueves, 8 de enero de 2009

CONOCER A JESÚS ES TODO

CONOCER A JESÚS ES TODO

Por: Alejandro Bullón Paucar.

La pregunta del joven rico: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?", es la pregunta que palpita en el corazón de toda la humanidad. El hombre es creado para vivir. Pero él quiere tener más que la vida. Un hombre puede tener la vida más miserable del mundo, mas cuando llega la hora de la muerte un hombre se agarra con desesperación a la vida.

La muerte es un intruso de la experiencia humana, es por esto que no lo acepta. El mayor deseo del hombre es vivir. Para tener la vida el hombre es capaz de hacer cualquier cosa, pagar cualquier precio, realizar cualquier sacrificio. ¿Qué haré para heredar la vida eterna?, es el grito desesperado de cada corazón humano.

"Y está es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quién has enviado" (San Juan 17:3).

¿Usted ve? Lo sagrado de la vida eterna no consiste apenas en el conocimiento de un poco de doctrinas de una determinada iglesia. Lo sagrado del conocimiento es una persona: Una persona maravillosa que es Jesucristo. El verdadero cristianismo es la relación de dos personas: el ser humano y Cristo. Lo que más importa es nuestra experiencia espiritual no es en que creemos, más bien en quien creemos.

Un gato, una mesa, o una piedra, una estrella, no pueden pecar no o pueden ser justos. Por esto el pecado, más que la violación de la ley, es la interrupción de la relación de amor entre Cristo y el ser humano.

Esta es la verdadera tragedia del pecado, Cuando peco, estoy hiriendo a Jesús, hiriendonos a nosotros mismos y haciendo una separación entre Cristo y yo.

La maldad del pecado del Edén, no consistió propiamente en él hecho de que Adán comiera del fruto prohibido, sino el hecho de que Adán se escondiera de Dios. Lo peor del pecado es esto: el ser humano en vez de correr a los brazos de nuestro Padre amante, después de pecar, se esconde en medio de su sufrimiento de culpa.

Nuestra Padre no está triste porque alguien come de una fruta, él esta sufriendo a causa de la separación.

Esto nos lleva a la conclusión de que la salvación, no es más que la reconciliación de una nueva relación personal con el Señor de la salvación. Somos salvos, cuando creemos en Jesús, cuando amamos a Jesús, no apenas su nombre, ni sus doctrinas, ni su iglesia.

No podemos amar a una persona sin conocerla por eso el enemigo hará todo lo posible para distanciarnos más y más de Dios, con una idea errada del Padre. El enemigo no quiere que conozcamos a Jesús, él nos da varias hipótesis, quiere que lo conozcamos con la imagen de un Dios tirano, dictador, preocupado más con sus normas que con sus hijos.

Con esa imagen de Dios que no inspira amor, inspira miedo, no inspira el deseo de servirlo, nos hace servirlo por obligación, el enemigo procura llevarnos a una religión triste, un cristianismo formal. El miedo del castigo que nos lleva a obedecer. El enemigo es feliz con esto. Consigue lo que el quiere. No conseguiremos llegar a la vida eterna, con estos motivos equivocados.

Conocer a Jesús es todo, ¿sabe porque?. Porque conocerlo como en realidad él es, es conocer al que murió por nosotros en la cruz del calvario, es saber cuanto él nos amo y nos ama a pesar de nuestras actitudes y nuestras rebeldías, no tenemos otro camino al ver esto si no apasionarnos por él, amarlo con todas las fuerzas de nuestro ser. Es porque si nosotros le amamos, desearemos ser como él es, y vivir como él quiere. Vamos a querer ver siempre una sonrisa de felicidad en su rostro frecuentemente, dejaremos de hacer todo aquello que lo deja triste y haremos todo aquello que lo hace feliz.

Conocer a Jesús es todo porque la salvación no proviene del esfuerzo humano, esta es un presente de Dios y esta presente en la persona de Jesucristo. La salvación no viene de Jesús. La salvación es Jesús. Aceptar la salvación es aceptar a Jesucristo. Conocer a Jesús es tener la salvación, es por tanto, tener la vida eterna.

Cuando San Juan habla de "Conocer a Jesús" no esta hablando apenas del conocimiento teórico. Juan vivía en una época donde predominaba un pensamiento helenístico. Los griegos enseñaban un conocimiento teórico. Para un griego decir que quería conocer una flor, él iba a la biblioteca, estudiaba todo lo que las enciclopedias y libros hablasen de las flores y él decía "conozco la flor". Juan no. Para el decir que conocía la flor, él dejaba los libros e iba al campo, tocaba la flor, sentía la flor, olía su aroma de la flor, la acariciaba y entonces él decía. "Conozco la flor".

La mayoría de los discípulos se limitaban a oír las palabras de Jesús. Juan iba más allá: Recostaba su cabeza en el corazón de Jesús. La diferencia revela una crisis. Cuando los judíos prendieron a Jesús y lo llevaron al Calvario, todo mundo lo abandonó. El único que estaba ahí fue aquel que no se contentaba con oír a Jesús, o apenas saber de él, sino que él procuraba un conocimiento experimental.

"Y está es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quién has enviado" (San Juan 17:3).

Simple como una flor, como un niño, como una sonrisa, como todas las cosas de Dios. Nosotros, los seres humanos a veces nos complicamos las cosas, como tornamos difíciles las bellezas naturales.

Personalmente, me complicaba para entender algo tan simple. Una experiencia mía cristiana cuando era joven fue una experiencia asfixiante, más Dios me ayudó a descubrir a Jesús como una persona y no simplemente como una teoría.

Corría el año de 1972. Era un misionero entre los indios de la tribu Campa, que moran a las orillas de los márgenes del río Pereneé, en la parte Amazónica del país. Aquella mañana, salí de la casa con el objetivo de visitar una aldea localizada a unas horas del camino a través del bosque. No supe precisar en que momento perdí el camino. Me esforcé para encontrarla más toda tentativa me desorientaba más. Los minutos y horas iban pasando y las nubes en los cielos obscuras anunciaban una tormenta.

Una lluvia terrible junto con una noche, implacable. Me senté en el piso, debajo de un árbol, e iba a pasar el tiempo, rogando a Dios que me ayúdese a salir de aquella situación difícil. No sé cuanto tiempo estuve haciendo esto, más cuando note que la lluvia iba disminuyendo, re inicie la caminata con miedo y un barro escurridizo en el piso. Estaba completamente mojado, cansado, hambriento a esta altura, desesperado "No puedo parar, voy a tener que continuar" Repetía. "Tengo que continuar. De aquí a un poco, la aldea está allá, no puedo quedar aquí parado".

Mas algo me decía que todo era inútil, que lo mejor sería esperar la luz del nuevo día. ¿Quedarme allí? ¿Mojado como estaba? ¿Lloviendo? ¿Y si alguna fiera apareciera? Era la primera vez que me aconteció una cosa como está. No conocía la selva. Me había cambiado de la capital hacía pocos mese. Sentí que el miedo estaba apoderándose de mí y corrí. Corrí como un loco, como si alguien estuviese persiguiéndome. La lluvia mojaba mi rostro, dificultándome la visión.

Fue así que resbalé y caí abajo, como cinco o seis metros tal vez, a un barranco. Estaba completamente cubierto de lama. No existía más camino. Así como estaba, escudriñe mi vida, en aquel momento parecía infernal, una lluvia que podía entrar en contacto con las hojas y caer.

En aquel momento lo aceptaba, estaba perdido, completamente perdido. Tenía que salir del barranco el cual me acechaba. Me agarraba de una planta, más esta se desprendía y volvía a caer en la lama. Me agarre de una pequeña rama. Está se rompió y nuevamente caí en la lama, pero ahora en una planta de espinos. Todo eso parecía inútil, la tierra mojada hacía que siempre acabará otra vez abajo, al piso a la lama.

Quede ahí meditando algún tiempo en silencio y descubrí la tragedia de mi vida. Ojeando mi vida atrás descubrí que toda mi vida había sido como aquella noche. Toda una vida intentando salir del barranco, la vida toda intentando vivir a la altura de los principios elevados de la iglesia, como todas sus doctrinas que me habían enseñado y se habían quedado en mi cabeza. Cumpliendo, de cierto modo, todas las normas, pero estaba perdido. Lo peor de todo: hacía dos años que era un pastor.

Como una película, toda mi vida comenzó a desfilar en mis ojos. En la pequeña iglesia local donde me congregaba cuando era niño, había un lugar especial encima del púlpito para los Diez Mandamientos un cuadro dorado. Era deber de todos de saber de memoria todos los mandamientos y guardarlos fielmente.

Desde pequeño aprendí las normas de la iglesia. No pude hacer esto, no pude hacer aquello, hacer esto estaba equivocado, hacer aquello estaba equivocado.

- O Dios,- me preguntaba muchas veces, ¿Cómo es posible vivir así?.

En mi corazón de adolescente sentí un extraño conflicto. Sabía que debía en que no debía hacer esto, más no podía conseguirla vivir a la altura de esas normas y esto me tornaba infeliz. Sabe Dios cuantas veces me acostaba en mi cama, llorando, y sintiéndome desesperado.

Me atormentaba la idea de un Dios siempre observando, siempre pronto a castigarme, esperando siempre el cumplimiento de todas sus normas.

Me forme en la facultad de Teología a los 21 años. Más en lugar de ser feliz, me sentía más angustiado y me preguntaba: "¡Dios!, ¿qué pasa conmigo?. ¿ Porque está sensación de que siempre estaba equivocado, de que nada era cierto?".

La respuesta no llegaba, el conflicto aumentaba. "Ahora eres un pastor", me repetía, "tienes que ser un ejemplo para la iglesia. Si alguien tiene que cumplir las normas al pie de la letra eres tú".

Como fueron tristes los primeros años de mi ministerio. No es que fuese un gran predicador. Mis pecados podrían ser llamados de "soportables". Eran "pequeños errores". Mas yo sabía que para Dios no había clasificación de pecados, y eso me angustiaba. Lo peor de todo era que conocía toda la doctrina de Cristo. Sabía de memoria todas las doctrinas de la iglesia. Sabia los mandamientos de memoria, centenas de versículos. Predicaba de Jesús y volteaba la cara triste Siempre con aquella sensación de que alguna cosa estaba equivocada. Me levantaba de la cama cada día con las normas y los principios en mi cabeza. Andaba siempre pensando en lo que no debía hacer. La angustia no desaparecía. Dios fue muy bueno conmigo, porque, a pesar de todo, lleve muchas almas para Cristo en los primeros años de mi ministerio.

Aquella noche, en el interior de la barranca, mojado y lleno de lama, entendí por primera vez, lo que acontecía conmigo. Es que estaba perdido en medio de la amazona de las doctrinas, normas, ideas y teologías. Perdido dentro de la iglesia.

Volteé para un lado y para el otro. ¿Dónde estaba el Jesús que predicaba? Estaba allá, distante, atrás de las nubes. En mí cabeza había teorías, normas y doctrinas, no una persona, yo amaba a la iglesia y no el maravilloso Señor de esa iglesia, tenía conmigo de normas y reglamentos, más no tenía a Jesús en aquella hora no precisaba de normas, no precisaba de doctrinas, no de una iglesia, precisaba de una persona.

Llore aquella noche de la tragedia de haber vivido siempre así, intentando a salir del pozo y hacer algo correcto, más siempre acababa en la misma desgracia, en la lama en la desgracia.

La lluvia estaba pasando "Un milagro" - me dije en mi corazón - "precisó de un milagro. Si un milagro podrá sacarme de aquí". Y comencé a gritar con todas las fuerzas de mi ser. En la selva, cuando alguien se pierde tiene que gritar. Si alguien oye el grito, gritará a su vez así ambos se aproximan para poderse ayudar.

De repente, me pareció oír un grito a la distancia. Grite. Mi voz se perdía en la densidad del bosque y el viento me impedía una respuesta. Alguien estaba gritando a lo lejos. Alguien estaba allá. Continúe gritando y el grito se fue aproximando. Cada vez más y más. Pude percibir los pasos y la silueta de alguien que estaba arriba. Y comenzó a bajar donde estaba, mire su rostro. Era un indio. Me extendió su mano, me sentí seguro cuando él puso la mano en la mía, era una mano fuerte, llena de calor. Me la puso con firmeza hasta llegar a la cima.

- ¿Quién es usted? - pregunté.

No respondió.

- ¿Cómo se llama?

Silencio

- ¿De donde vino?

La misma respuesta.

Seguro en su brazo comenzó a caminar. Sus pasos eran firmes. En ningún momento respondió ninguna de mis preguntas.

Anduvimos en silencio algún tiempo hasta llegar a cierto punto. Había luz. Era el lugar que estaba buscando. Estaba a salvo.

En la mañana siguiente decidí irme a lavar. Escuche la música de agua al caer y el canto de los pájaros. Por primera vez sentí que no estaba solo. Entonces oré: "Señor Jesús, ahora se que no eres una doctrina, tú eres una persona maravillosa. Como fui capaz de andar solo toda la vida? ¡Oh! Señor ahora entiendo porque no era feliz. Estabas faltando tú. Quiero amarte señor. Quiero estar seguro en tu brazo poderoso. Sin ti yo estoy perdido. Quiero de aquí para adelante estar preocupado en que tú seas mi amigo, quiero sentirte a mi lado. Saber que no estás solamente en los cielos, más estás aquí conmigo, Ahora entiendo lo que estaba faltando eras tú, Jesús querido".

Desde aquél día comenzé a encarar la vida cristiana no como una pesada carga de normas, prohibiciones y reglamentos, más como una maravillosa experiencia de caminar lado a lado con Jesús. Las doctrinas comenzaron a tener sentido para mí. Todo lo que antes eran opacas y sin valor comenzó a adquirir un maravilloso brillo de felicidad. Aquél indio me enseño una lección que precisaba aprender. Tal vez, la mayor lección de mi vida. Solo estaba perdido, siempre angustiando, siempre infeliz. Precisaba de ayuda de un amigo que conociese el camino mejor para mí. Y ese amigo es Jesús.

¿Podría abrir el corazón a Jesús en este momento?. Usted no está más solo. Tal vez a lo largo de dos años de esa sensación de cargar un vacío interior me acompañaron, usted mismo lo está sintiendo en la iglesia donde está. ¿Por qué? Simplemente porque Jesús nunca pasa de ser un nombre o una doctrina bonita. Más en este momento él puede ser una persona real en su vida. Él lo invita a vivir una experiencia de amor. ¿Está usted dispuesto aceptarlo? Tome su decisión en este instante.

Convénzase: Conocer a Jesús es todo.

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