jueves, 8 de enero de 2009

Los Dos Caminos

Los Dos Caminos

Mrs. Elen White

En la conferencia en Battle Creek (Michigan), el 27 de Mayo de 1856, me fueron presentadas algunas cosas en visión, que tienen relación con la iglesia en general. Me fue mostrada la gloria y la majestad de Dios. Dijo el ángel: "El es terrible en Su majestad, y sin embargo no Lo comprendéis; terrible es su ira, y sin embargo vosotros Lo ofendéis diariamente. Esforzáos por entrar por la puerta estrecha; porque espaciosa es la puerta y ancho es el camino que conduce a la destrucción, y muchos son los que por él irán; pues estrecha es la puerta y apretado el camino que conduce a la vida y pocos son los que lo encuentran". Estos caminos son distintos, separados, en direcciones opuestas. Uno lleva a la vida eterna, y el otro a la muerte eterna. Vi la distinción entre esos caminos, y también la diferencia entre las multitudes que en ellos viajaban. Los caminos son opuestos; uno es ancho y suave y el otro estrecho y escabroso. Semejantemente las dos multitudes que los recorren son opuestas en el carácter, en la vida, en el vestuario y en la conversación.

Los que viajan por el camino estrecho conversan a respecto de la alegría y felicidad que tendrán al final del viaje. Su rostro muchas veces está triste y, sin embargo, brilla frecuentemente con piadosa y santa alegría. No se visten como la multitud del camino ancho, ni hablan como ellos, ni reaccionan como ellos. Un modelo les fue dado. Un Hombre de dolores, y experimentado en los trabajos les abrió aquel camino y lo trilló. Sus seguidores ven Su rastro, y quedan consolados y animados. El lo recorrió en seguridad; así también podrán hacer los de la multitud, si siguen Sus pisadas.

En el camino ancho todos están preocupados con su persona, sus ropas, sus placeres, por el camino. Se dan libremente a la hilaridad y al gozo, y no piensan en el fin del viaje y en la destrucción segura al final del camino. Cada día se aproximan más de su destrucción; sin embargo se arrojan locamente, más y más rápido. ¡Oh, cuan terrible me parecía esto!

Vi, al recorrer el camino ancho, muchos que tenían sobre sí escritas estas palabras: "Muerto para el mundo. Próximo está el fin de todas las cosas. Estad vosotros también listos". Parecían precisamente iguales a todas aquellas personas frívolas que se encontraban alrededor, con la única diferencia que una sombra de tristeza les noté en el rostro. Su conversación era perfectamente igual a la de aquellos que, divertidos e inconscientes, se encontraban alrededor; pero de vez en cuando mostraban con gran satisfacción las letras sobre sus vestidos, convidando a otros a que tengan las mismas letras sobre sí mismos. Estaban en el camino ancho, y sin embargo profesaban pertenecer al número de los que viajaban por el camino estrecho. Los que estaban a su alrededor decían: "No hay distinción entre nosotros. Somos iguales; vestimos, hablamos y procedemos semejantemente".

Entonces me fue dirigida la atención para los años de 1843 y 1844. Había en aquella ocasión un espíritu de consagración que hoy no hay. ¿Qué sucede con el pueblo que profesa ser el pueblo peculiar de Dios? Vi la conformidad con el mundo, la indisposición de sufrir por causa de la verdad. Vi gran falta de sumisión a la voluntad de Dios. Me fue llamada la atención para los hijos de Israel, después que salieron de Egipto. Dios misericordiosamente los llamó de entre los egipcios para que Lo adorasen sin impedimentos ni restricciones. Operó en pro de ellos, en el camino, por medio de milagros; los probó y los experimentó, poniéndolos en situaciones angustiosas. Después del maravilloso trato de Dios con ellos, y su libramiento tantas veces, murmuraron cuando probados o experimentados por El. Sus expresiones eran: "¡Ojalá hubiésemos muerto a través de la mano del Señor en la tierra de Egipto"! Ellos codiciaban los ajos y las cebollas de allá.

Vi que muchos que profesaban creer en la verdad para estos últimos días, encuentran extraño que los hijos de Israel murmurasen mientras viajaban; que después del maravilloso trato de Dios para con ellos, fuesen tan ingratos al punto de olvidarse de lo que El les hiciera. Dijo el ángel: "Vosotros habéis hecho peor que ellos". Vi que Dios dio a Sus siervos la verdad tan clara, tan comprensible, que es imposible negarla. Donde quiera que estén, tienen segura la victoria. Sus enemigos no podrán asediar la convincente verdad. La luz fue derramada con tanta clareza que los siervos de Dios pueden levantarse en cualquier parte y hacer con que ella, clara y armoniosa, gane la victoria. Esta gran bendición no ha sido apreciada ni comprendida. Si surge alguna probación, algunos comienzan a mirar para atrás, y piensan que pasan por un tiempo difícil. Algunos de los profesos siervos de Dios no saben lo que son las probaciones purificadoras. Algunas veces suscitan ellos mismos las probaciones, las imaginan, y se desaniman tan fácilmente, tan rápidamente se amargan y se resienten, que se hacen mal a sí mismos, ofenden a otros y perjudican la causa. Satanás hace parecer grandes sus probaciones, y les coloca en el espíritu pensamientos que, si son satisfechos, les destruirán la influencia y la utilidad.

Algunos se han sentido tentados a retirarse de la obra, a fin de trabajar por su propia cuenta. Vi que si la mano de Dios fuese retirada de ellos, y quedasen sujetos a la enfermedad y a la muerte, sabrían entonces lo que son las dificultades. Cosa terrible es murmurar contra Dios. Ellos no tienen en mente que el camino que trillan es áspero, lleno de abnegación y de crucifixión del YO, y no deberían esperar que todo corriese tan suavemente como si estuviesen andando en el camino ancho.

Vi que algunos de los siervos de Dios, aun los propios pastores, se desaniman tan fácilmente, tan rápidamente se amarga su yo, que se juzgan menospreciados y ofendidos cuando en verdad eso no existe. Encuentran mala su suerte. Tales personas no comprenden cómo se sentirían si Dios las desamparase, y ellas pasasen por angustia del alma. Encontrarían entonces su suerte diez veces peor que antes, cuando se encontraban empleadas en la obra de Dios, sufriendo probaciones y privaciones, pero teniendo la aprobación del Señor.

Algunos de los que trabajan en la causa de Dios no saben cuando tienen un tiempo benigno. Sufrieron tan pocas privaciones, tan pocos saben de necesidades, trabajo exhaustivo o contrariedades que, pasando bien y siendo favorecidos por Dios, y casi enteramente libres de angustias de espíritu, no lo reconocen y encuentran grandes las probaciones. Vi que, a menos que tales personas tengan espíritu de abnegación, y estén listas a trabajar animosamente, no escatimando esfuerzos propios, Dios las dispensará. El no las reconocerá como Sus siervos abnegados, sino que suscitará quien trabaje, no indolentemente, sino que con fervor, y reconozca cuando disfruta de bienestar. Los siervos de Dios deberían sentir responsabilidad por el trabajo en pro de las almas, y llorar entre el patio y el altar, clamando: "¡Perdona a tu pueblo, oh Señor!".

Algunos de los siervos de Dios consagraron la vida a la causa de Dios, hasta el punto de tener la salud debilitada y quedar casi consumidos por el trabajo mental, cuidados incesantes, fatigas y privaciones. Otros no sintieron esa responsabilidad o no la quisieron asumir. Sin embargo, justamente esos, por nunca haber experimentado agruras, creen que pasan por un tiempo difícil. Nunca fueron bautizados con su porción de sufrimientos, y nunca lo serán mientras manifiesten tanta debilidad y tan poca fuerza, y amen tanto la comodidad.

Según lo que Dios me mostró, es necesario que haya un zarandeo entre los ministros, para que sean eliminados los negligentes, flojos y cómodos, y permanezca un grupo fiel, puro y abnegado, que no busque el bienestar personal, sino que administre fielmente la palabra y la doctrina, disponiéndose a sufrir y a soportar todas las cosas por amor a Cristo, y salvar a aquellos por quien El murió. Sientan estos siervos sobre sí el "Ay" que sobre ellos pesa si no predican el evangelio, y esto será bastante; no todos, sin embargo, lo sienten".

Vida y Enseñanzas: 155-159

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